La música y el cosmos: una alianza profunda
Daniela Flores¹, Gerard Ramos².
1 Subdirectora de la Fundación para el Desarrollo Interdisciplinario de la Ciencia, la Tecnología y las Artes (Fundación DICTA).
2 Académico del Instituto de Música de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
El presente artículo, busca exponer brevemente la conexión que existe entre la mirada del cosmos, y la composición musical a lo largo de la historia. ¿Cómo nuestra apreciación del cosmos ha influido en la historia de la música en distintos momentos de la historia? ¿qué es la música de las esferas y cómo influyó en distintos periodos musicales? ¿de qué forma la música puede representar al universo? Este artículo, que busca resaltar el vínculo interdisciplinario entre la exploración del universo y la música, fue realizado en el marco de un evento que será realizado en Febrero del 2026, en el Planetario de la Universidad de Santiago de Chile (USACH), por el Ensamble Nuevo Extremo y el Planetario USACH, con colaboración de la Fundación DICTA y Undurraga Sparkling.
Edición: Equipo Editorial Interdisciplinaria, Diagramación: Pilar Trillo, ¹”Nota biográfica al final del artículo”.
El idioma original en que está escrito este artículo es español. Mencionamos esto para considerar al utilizar la traducción automática que puede generar algunos errores.
Introducción
Las artes han sido siempre una forma de acercamiento al mundo que nos rodea. Así, binomios como arte y ciencia, o arte y naturaleza, han impregnado nuestro devenir, creando y fijando interpretaciones y significados. Algunos de los vínculos del arte con el entorno son como grandes historias de amor, y han permeado el imaginario cultural durante siglos e incluso milenios. Este es el caso de la alianza entre la música y el cosmos.
Desde la antigüedad, el cielo ha inspirado a las distintas culturas, dando sentido a la vida y a las sociedades de distintas formas, abriendo preguntas sobre la naturaleza de la bóveda celeste, y otorgando en muchos casos un sentido de misterio y trascendencia a la experiencia humana. Por otro lado, la música ha acompañado a las sociedades como una forma privilegiada de expresión simbólica, emocional y racional. De esta forma, no es casual que ambas dimensiones, el universo y la música, se hayan entrelazado a lo largo de la historia del pensamiento humano. Pero, ¿cuándo fue que las artes musicales empezaron a dialogar con la idea del universo como reflejo de orden, misterio y totalidad?
“Algunos de los vínculos del arte con el entorno son como grandes historias de amor, y han permeado el imaginario cultural durante siglos e incluso milenios. Este es el caso de la alianza entre la música y el cosmos”.
La música de las esferas
Conocemos relaciones entre música y cosmos en culturas tan antiguas como la del antiguo Egipto, Sumeria o Babilonia. Sin embargo, el primer vínculo profundo del que tenemos constancia, como establecimiento de una forma explícita y sistemática de relación directa entre música y cosmos, se encuentra en los estudios realizados por Pitágoras y sus discípulos en la Grecia Antigua (siglo VI a. C.). En aquellos tiempos, la música se consideraba una disciplina eminentemente teórica, muy cercana a la matemática, y se ocupaba del estudio de las proporciones y las relaciones entre los sonidos, y no de la composición o la interpretación musical. Estas prácticas, por lo demás comunes, carecían de estudios formales y se consideraban de orden inferior. De hecho, mientras que los tratados musicales de la escuela pitagórica son conocidos hasta el día de hoy y nos otorgan un amplio conocimiento sobre la teoría musical en la antigüedad, sabemos muy poco sobre la música práctica en aquellos tiempos.
La escuela pitagórica postuló que la música es una manifestación audible del orden matemático del universo. Esta afirmación surge de una analogía a partir de la observación de las proporciones numéricas que revelan los planetas en su movimiento orbital, que serían reducibles a relaciones simples entre números enteros, correspondientes a los siguientes intervalos musicales: la octava (2:1), la quinta (3:2), y la cuarta (4:3). De esta manera, los planetas, al moverse en el espacio, producirían sonidos armoniosos inaudibles al oído humano. Los pitagóricos afirmaron que el cosmos entero estaba organizado según relaciones matemáticas similares. Nació así la idea de la “música de las esferas”. Esta sistematización del sonido que generó Pitágoras, a partir de los patrones o regularidades descritos por los planetas, sentó las bases de la primera teoría de la música e influyó profundamente en la teoría musical griega y, más tarde, en el pensamiento romano y medieval.
Durante la Edad Media, la concepción pitagórica de la música fue reinterpretada bajo una perspectiva cristiana. Durante este periodo, se visualizaba el cosmos orbitando la tierra, lo cual reforzó la idea de que los movimientos celestes eran expresión de la perfección divina. Aunque la música litúrgica no describía explícitamente planetas o estrellas, su estructura modal y su función espiritual se concebían como reflejo de un orden cósmico trascendente. Boecio (480 – 525 d.C), figura principal en la reinterpretación de las ideas pitagóricas, distinguió entre musica mundana (la armonía del cosmos), musica humana (la armonía entre cuerpo y alma) y musica instrumentalis (la música audible). Por otro lado, en los albores de la composición musical escrita, algunos autores dispusieron parte de su obra musical como eco del cosmos divino. Este es el caso de la abadesa Hildegard von Bingen (1098 – 1179 d.C), quien a través de obras como Symphonia armoniae celestium revelationum describió el universo como una sinfonía creada por dios. En este contexto medieval, la música era entendida como una ciencia vinculada al orden divino del universo.
Nuevas ideas sobre el universo y nueva música
Con el Renacimiento y el surgimiento de la astronomía moderna, con las figuras centrales de Copérnico, Kepler, y Galileo, la visión del universo comenzó a transformarse. A diferencia de la Edad Media, el Renacimiento entendió el universo como un sistema armónico inteligible para el ser humano. Por su parte, la música como disciplina empezó a derivar en un arte mucho más práctica, en la que la composición musical ganó estatus y adoptó un rol central. La música escrita permitió el desarrollo del estilo polifónico, en el que distintas voces independientes y complejas interactúan. Sobre estos nuevos procedimientos técnicos, la influencia de las teorías cósmicas de Boecio no se manifestó. Sin embargo, el ideario de la música cósmica permanece como sustrato conceptual y retórico durante el renacimiento. Por su parte, Francesco Zorzi (o Giorgi) contribuyó a revitalizar, en círculos humanistas y neoplatónicos, el imaginario de la harmonia mundi, especialmente en el contexto veneciano. Por otra parte, uno de los astrónomos más destacados de este periodo, Johannes Kepler (1571 – 1630 d.C), estuvo profundamente interesado en la música, y dedicó parte de su investigación a la música de las esferas. En su obra Harmonices Mundi (1619), propuso que las velocidades angulares de los planetas podrían asociarse a intervalos musicales, actualizando la idea de la música de las esferas desde una base científica.
Durante los siglos posteriores, que abarcan los períodos del barroco (c. 1600 -1750), el clasicismo (c. 1750 – 1820), y el romanticismo musical (c. 1820 – 1910), la teoría y la práctica compositiva permanecen, en lo formal, generalmente indiferentes a las teorías sobre la música de las esferas. Sin embargo, empiezan a aparecer temáticas cósmicas en las composiciones, que además reflejan las nociones de orden, movimiento y contraste, tan presentes en la física de la época, así como la idea de un universo dinámico.
En concreto, los temas astronómicos aparecen en la literatura musical bien como temas de los fenómenos naturales, o bien vinculados al imaginario religioso. En el barroco, encontramos ejemplos como el madrigal Hor che ’l ciel e la terra (ahora que el cielo y la tierra) de Claudio Monteverdi (1567 – 1643), que describe una visión nocturna del universo como suspensión total del movimiento. También, la obertura del ballet Les Élémens de Jean-Féry Rebel (1666 – 1747), que pinta musicalmente el caos de la Creación, según el relato del Génesis bíblico. En el clasicismo, el cosmos y su vinculación con lo divino nuevamente inspiraron obras como el oratorio Die Schöpfung (La Creación) de Joseph Haydn (1732 – 1809), también sobre la creación según el Génesis. Durante el romanticismo, en el siglo XIX, el poema An die Sterne (A las estrellas), del autor alemán Friedrich Rückert, es musicalizado por lo menos por 5 compositores distintos, entre ellos, Robert Schumann (1810 – 1856).
Figura N° 1. “Música o armonía de las Esferas”, propuesta por Pitágoras y sus seguidores.
“En este contexto medieval, la música era entendida como una ciencia vinculada al orden divino del universo”.
El cosmos del siglo XX y su influencia en la música
Es en este periodo en que la astronomía experimentó transformaciones decisivas impulsadas por avances científicos y tecnológicos. En los siglos XVIII y XIX, la consolidación de la mecánica newtoniana permitió describir con precisión el movimiento de los astros, y el perfeccionamiento de los telescopios amplió enormemente el alcance de la observación astronómica. El surgimiento de la astrofísica en el siglo XIX, y de la espectroscopía y posteriormente de la teoría de la relatividad en el siglo XX, permitieron entender mejor el universo, su expansión, y las leyes físicas que lo subyacen, así como el descubrimiento de otras galaxias, transformando la comprensión del cosmos.
Todas estas temáticas entraron de lleno a la composición musical que, llegado el siglo XX, estableció una relación más estrecha con el cosmos, marcada menos por la idea de armonía universal y más por la exploración del espacio, el tiempo y la infinitud. En este periodo, muchos compositores concibieron la música como un medio para pensar un universo inestable, expansivo y a veces inquietante.
Las temáticas cósmicas aparecen en la obra de muchos compositores: desde la conocida The Planets del británico Gustav Holst, o el sinfonismo cinematográfico de John Williams o Hanz Zimmer, de grandes proporciones, hasta obras de pequeño formato, por ejemplo en la música vocal, como en Astralis de Wolfgang Rihm (2001), los Spherical Madrigals de Ross Lee Finney (1947), o Five Days that changed the world de Bob Chilcott (2013).
Sin embargo, los nombres de algunos compositores merecen una mención especial por su dedicación a los temas astronómicos y cosmológicos en su obra: el caso más paradigmático es sin duda el de Karlheinz Stockhausen (1928 – 2007). Su música se basó en modelos teóricos inspirados en las teorías desarrolladas por la astrofísica y la astronomía modernas. En su obra, la organización del sonido en principios seriales tenía la voluntad de reflejar un orden supraterrenal. Así lo demuestran los nombres de una gran cantidad de sus obras: Sternklang (sonido estelar, 1971), Tierkreis (Zodíaco, 1975), Sirius (1977), Himmels-Tür (Puerta del cielo 2005), Cosmic pulses (2007). El vínculo de Stockhausen con el universo fue tan grande que incluso llegó a afirmar que él mismo era de origen extraterrestre, proveniente del planeta Sirius.
Figura N° 2. Otros exponentes de la fiebre cósmica son Iannis Xenakis, con obras como Pléïades (1979), Edgard Varèse, con obras como Arcana (1927), o Kaija Saariaho, con obras como Orion (2002) o Asteroid 4179: Toutatis (2004).
Otros exponentes de la fiebre cósmica son Iannis Xenakis, con obras como Pléïades (1979), Edgard Varèse, con obras como Arcana (1927), o Kaija Saariaho, con obras como Orion (2002) o Asteroid 4179: Toutatis (2004).
Ola Gjeilo y la Sunrise Mass
Sunrise Mass, del compositor noruego Ola Gjeilo, es una obra para coro y orquesta de cuerdas que vincula la experiencia espiritual con una imaginería cósmica y natural. La obra se inspira en la salida del sol y en paisajes abiertos, y concibe la música como un espacio sonoro expansivo, donde armonías luminosas y texturas sostenidas evocan la inmensidad del universo. Gjeilo utiliza una paleta armónica modal ampliada y un tratamiento cinematográfico del coro y la orquesta para sugerir la idea de un orden mayor, en el que lo humano se integra con lo cósmico. Así, la obra conecta tradición litúrgica y sensibilidad contemporánea, proponiendo una visión del cosmos como fuente de contemplación, trascendencia y belleza sonora.
En palabras de su compositor Ola Gjeilo, la obra “… evolve(s) from transparent and spacey to something earthy and warm; from nebulous and pristine, through more emotional landscapes, to ultimately solid groundedness…” (evoluciona desde lo transparente y espacioso hacia algo terrenal y cálido; desde lo nebuloso y prístino, a través de paisajes gradualmente emocionales, hasta la definitivamente sólida estabilidad).
Durante Febrero del 2026, esta obra será presentada en el Planetario de la Universidad de Santiago de Chile (USACH), en un evento que permitirá vivir la experiencia de conexión entre el cosmos y la música, a través de proyecciones cósmicas en la cúpula del Planetario acompañada de un viaje musical, con música y coro en vivo (https://planetariochile.cl/).
El sonido de lo espacial
En la Sunrise Mass se presentan recursos compositivos que son lugares comunes en la composición de música que percibimos como espacial, cósmica, o galáctica. Estos son:
• La idea de espacialidad y vacío, que se expresa a través de largos acordes, habitualmente en disposición muy abierta, ocupando un generoso rango de frecuencias, orquestados de manera muy equilibrada y homogénea, es decir, sin que se distingan los timbres individuales de los distintos instrumentos.
• La idea de falta de movimiento, de quietud, que se expresa a través de valores musicales largos y de un ritmo armónico lento, es decir, los acordes se suceden lentamente o tienen poca variación.
• La idea de ingravidez, que se expresa a través del uso preferente del registro agudo de los instrumentos y de la falta de bajo armónico o de notas graves que le otorguen peso o ‘gravedad’ a la música.
• La idea de lo misterioso y desconocido, que se expresa a través del cluster y el uso extensivo de la disonancia, así como de combinaciones tímbricas inusuales o gestos musicales repentinos e inesperados.
Figura N° 3. Planetario de la Universidad de Santiago de Chile. Sunrise Mass de Ola Gjeilo, será presentada en el Planetario USACH, en un evento con música y coro en vivo, el cual permitirá experienciar la conexión entre el cosmos y la música.
“En este sentido, la música se ha convertido en un puente entre lo visible y lo invisible, entre la experiencia humana y la inmensidad del cosmos, sirviendo como enlace entre los patrones, estructuras o mecanismos de la naturaleza y del cosmos, con la belleza y armonía sonora”.
Otras dimensionalidades entre la música y las ciencias
Así como es el caso de la astronomía y la música, otras disciplinas que marcaron destacados avances durante la primera mitad del siglo XX, en especial en las ciencias naturales y biológicas, influyeron profundamente en la música moderna y contemporánea. En muchos casos, la expresión de temáticas científicas en las composiciones musicales no se relacionó necesariamente con la incorporación de ellas como temas narrativos, sino como modelos conceptuales y estructurales utilizados y aplicados en la composición. El desarrollo de la física moderna, especialmente la relatividad, la teoría cuántica y el estudio del sonido como fenómeno físico, llevó a muchos compositores a replantear las nociones tradicionales de tiempo, del espacio y la causalidad musical. Por otra parte, los progresos en el ámbito de la biología, como la teoría de la evolución, la genética y el estudio de los sistemas complejos, estimularon una visión en la composición musical como un proceso dinámico, más cercana a la transformación, a la autoorganización o a la autopoiesis.
El compositor Iannis Xenakis incorporó muchas de estas ideas, reflejadas en técnicas como la música estocástica, los procesos algorítmicos y la composición basada en reglas, donde el compositor diseña condiciones iniciales similares a las de un sistema natural, como se observa obras como Métastasis (1954) y Pithoprakta. Asimismo, la investigación sobre la percepción auditiva y la neurobiología de la música y de la fisiología del oído, ha influído en el desarrollo de la música espectral y electroacústica, que explora el sonido desde su estructura interna y propiedades acústicas, lo que se ve ejemplificado en la música de Gerard Grisey o de Tristan Murail.
De esta forma, las músicas del siglo XX y del siglo XXI, han incorporado una sensibilidad científica que ha incidido y transformado la dimensión musical académica, en donde ha surgido un nuevo espacio de experimentación, donde el arte y ciencia dialogan para explorar nuevas formas de comprender la naturaleza, la vida y la experiencia humana.
Conclusión
A lo largo de la historia, la música y el universo han mantenido un diálogo constante, mediado por la filosofía, la ciencia y la sensibilidad artística. Desde la antigua idea de la música de las esferas hasta las composiciones contemporáneas basadas en datos astronómicos, el cosmos ha ofrecido a los compositores un horizonte simbólico y conceptual de enorme riqueza. Esta relación revela no solo una fascinación estética, sino también una aspiración humana profunda: comprender el orden del universo y encontrar en el sonido una forma de representarlo. A su vez, sobre todo en el siglo XX y XXI, la música ha sido una de las aristas que se ha nutrido de los avances en la astronomía y las distintas disciplinas de la ciencia y la tecnología. En este sentido, la música se ha convertido en un puente entre lo visible y lo invisible, entre la experiencia humana y la inmensidad del cosmos, sirviendo como enlace entre los patrones, estructuras o mecanismos de la naturaleza y del cosmos, con la belleza y armonía sonora.
Referencias
Boecio. De institutione musica. Siglo VI.
Holst, G. The Planets. Partitura y registros históricos, 1914–1917.
Kepler, J. Harmonices Mundi. 1619.
Kahn, D. Noise, Water, Meat: A History of Sound in the Arts. MIT Press, 1999.
NASA. Proyectos de sonificación astronómica y divulgación científica.
Obra y cita de Ola Gjeilo (https://olagjeilo.com/sheet-music/choral-satb-orchestra/sunrise-mass-satb/).
Stockhausen, K. Sirius y Licht. Ediciones varias.
Zbikowski, L. Conceptualizing Music: Cognitive Structure, Theory, and Analysis. Oxford University Press, 2002.
Daniela Flores
Daniela es Licenciada en Biología y Doctora en Ecología y Biología Evolutiva en la Universidad de Chile, y es subdirectora de la Fundación DICTA. A su vez tiene experiencia docente en distintas instituciones, como Universidad de Chile, Universidad de las Américas, Penta UC, Colegio Alberto Blest Gana, entre otras, además de ser asesora científica en Microxchile. Daniela tiene experiencia y formación en investigación científica principalmente en las áreas de biología evolutiva, biología del desarrollo y paleontología, microscopía y gran experiencia en divulgación y educación científica colaborando y dirigiendo distintos proyectos, asociada a distintas instituciones como núcleo Milenio EVOTEM, Colegio Alberto Blest Gana, Planetario USACH, Fundación DICTA, Micromundo y Backyard Brains, entre otros.
Gerard Ramos

